Sueños y reflexiones en cinemascope

The Assassination of Jesse James by the Coward Robert Ford

El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford (Andrew Domink,2007)

Cuando vivía en Praga, allá por el año 2008, y disfrutaba las ventajas —y las pequeñas aventuras— que me ofrecía aquel exilio voluntario, descubrí un festival de cine local, el Febiofest, y decidí un día acercarme a ver qué películas proyectaban. El programa incluía estrenos de directores checos y otros títulos firmados por nombres internacionales conocidos, como Alan Parker, Sean Penn o Paul Thomas Anderson. Sin embargo, fue en la sección British-American Panorama donde me llamó la atención una película de título interminable, con apenas algunos actores conocidos (entonces) y centrada en la figura de un célebre forajido del Viejo Oeste. Movido más por la curiosidad que por las expectativas, compré una entrada y entré en la sala.

Brad Pitt Casey Affleck el asesinato de jesse james por el cobarde robert ford Título original: The Assassination of Jesse James by the Coward Robert Ford

A los cinco minutos ya me tenía cautivado por esa voz en off de Hugh Ross acompañada por la música, delicada y otoñal, de Nick Cave y Warren Ellis. «He also had a condition that was referred to as granulated eyelids, and it caused him to blink more than usual, as if he found creation slightly more than he could accept. Rooms seemed hotter when he was in them. Rains fell straighter. Clocks slowed. Sounds were amplified...». Esa pausada voz que introducía al personaje, parecía situarnos en un lugar lejano en la memoria, borrosa y oscura como el efecto de la lente que enfatizaba esta distancia, como el que cuenta una historia que no se sabe hasta qué punto es real o inventada.

Hace poco leí un reportaje sobre la historia real de Jesse James y Robert Ford y regresé de nuevo a aquel cine de Praga y a la primavera de 2008. En el artículo recordaban que la participación de Robert Ford (Casey Affleck) en los asaltos fue meramente testimonial, y su rol fue secundario ya que no sabía ni sabía disparar un arma. Solo era un joven ansioso por ingresar en el circulo de Jesse James, un personaje que, para algunos sureños, todavía encarnaba la resistencia contra el estado federal. Se convirtió en una especie de Robin Hood, gracias a la leyenda que alimentó el periodista John Newman Edwards.

La secuencia que todavía me pone los pelos de punta es la del asalto al tren por parte de la banda de Jesse James. Esa luz de la locomotora abriéndose paso en la oscuridad y el aspecto fantasmal de los asaltantes, inmóviles junto a las vías mientras el tren se aproxima, crean una atmósfera hipnótica. Luego aparece Jesse, imponente, en el vagón donde guardan la caja fuerte, con un Brad Pitt encarnando al bandido —o mejor dicho, transformándose en él— con una intensidad que parece detener el tiempo.

En apenas unos minutos sentí cómo el cine me abducía por completo, atrapando cada célula de mi cuerpo y transportándome a otra dimensión, al otro lado de la pantalla. No había escapatoria posible. Praga era solo el contexto; aquel cine, la herramienta de seducción; y la película, el refugio perfecto para vivir lejos de cualquier realidad cotidiana. Todo ello, construido con la magia inalterable de una ilusión que cobra vida a 24 fotogramas por segundo.


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