Terciopelo azul (David Lynch, 1986)
Ahora está oscuro
Dorothy tiene su enfermedad dentro de ella. Canta todas las noches Blue Velvet en el Slow Club ante el maldito Frank Booth mientras Jeffrey bebe Heinekens al lado de la bella Sandy Williams. Jugaron a ser detectives en la cafetería Arlene’s pero llegaron demasiado lejos. Estoy viendo cosas que habían estado siempre ocultas. El mundo es muy extraño, Dorothy. Sin petirrojos, sin amor, sin vida al otro lado del armario de aquella casa en la calle Lincoln. Un cuchillo y un nuevo amante secreto para salvar a Dorothy de Frank. Con las piernas abiertas ante su cara, vestida de terciopelo azul, sin mirarle a la cara. Con la oreja de su marido entre la hierba, descubierta durante el camino de Jeffrey hacia el hospital para ver a su padre. La oreja cortada con tijeras de Don al principio de la película. El origen de todo. El agujero hacia la otra dimensión más allá de los sueños. Sandman nos susurra «no pasa nada». Brindemos por los polvazos, dice Frank en el This is it. Por tus polvazos, Frank, responde Ben, el dueño, antes de empezar a cantar a Roy Orbison. Eres un cabrón con estilo, Ben.
Un payaso de colores al que llaman Sandman /entra en mi habitación todas las noches/ Esparce su polvo de estrellas y susurra: Duerme. No pasa nada.
Recuerdo cuando vi Blue Velvet en la Filmoteca, con ese coche de bomberos con un hombre saludando a la cámara mientras sonaba el tema de Bobby Vinton, en el idílico pueblo de Lumberton (escucháis la voz de Lumberton, el pueblo en donde todo el mundo tiene madera). Y esa oreja del marido de Dorothy en la hierba ocupando toda la pantalla del cine Doré. David Lynch. Creador de mundos, a veces perturbadores, a veces mágicos, pero con su propio lenguaje. Buñuel llevado al paroxismo con una muy cuidada factura técnica, vistiendo con elegancia el sueño y la pesadilla.

Después de varios días de luto en redes por parte de entusiastas, curiosos y admiradores de todo tipo, desde los más cinéfilos hasta los mitómanos que no han visto sus películas pero que veneran al personaje, toca una reflexión en diferido de lo que fue David Lynch a lo largo de estos cincuenta años. Lynch ha trascendido más allá del cine, es un icono pop. Con obras maestras alejadas de la imagen que muchos fans tienen de él y que mitifican de manera exagerada al artesano que vivía feliz lejos del ruido mediático. Con sus meditaciones, sus manías y obsesiones. Rodando con la música de Badalamenti ya escrita en sus oídos y fumando un cigarrillo tras otro. Luego vendrían éxitos comerciales y películas donde esa visión torcida de Lynch, llena de profundidades y zonas oscuras detrás de la cortina de luz, genera un mundo particular que define, no solo al cineasta, sino a una forma de vida dentro de esta propia vida.

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