Rebeldes. (Francis Ford Coppola, 1983)
La lucha de clases a través de un cuento de adolescentes marginales en la Oklahoma de los años 60. El valor de la amistad, de los hermanos de sangre y los elegidos. La unión ante el dolor. La inocencia perdida. Nada dorado puede permanecer. Padres que no están e hijos que se ven obligados a ejercer de padres. La familia Curtis cuida de todos los ‘greasers’ del barrio. La conversación previa a la pelea contra los ‘socs’, dentro del coche, ente Ponyboy y Randy Anderson. «Una pelea sin Dallas es una mierda» grita Dallas Winston. Maldito, dulce y trágico Dallas Winston. Esa huida permanente hacia la nada. Las noches durmiendo en la calle o en el bar de Tom Waits, o en las ruinas de una iglesia abandonada donde irán Ponyboy y Johnny después de cargarse a uno de los ‘socs’. «¿Para qué ayudan a la gente? No sirve de nada», le grita Dallas a un médico del hospital, poco después de la muerte de su amigo. La llamada a Darrell Curtis para pedirle ayuda después de atracar una tienda. Su cuerpo lleno de balas en el suelo tras huir de la policía.
Susan E. Hinton escribió esta novela entre los 15 y los 18 años. La bibliotecaria de un colegio Lone Star, en Fresno, organizó un grupo de lectura entre sus alumnos con este libro y decidieron que tenía que llevarse al cine. Hicieron llegar esta petición a Francis Ford Coppola y, ante el entusiasmo de la propuesta y una historia de la que se sintió muy identificado porque le recordaba a su juventud, decidió hacer la película (reservándose también otra novela de Hinton, Rumble fish, para otra adaptación cinematográfica más expresionista y ambientada en Tusla). Coppola entonces era un dios caído en la industria del cine después de arruinarse con la película One from the heart (Corazonada, 1981) y haber creado obras maestras que todavía permanecen en lo más alto del Olimpo del séptimo arte como The Godfather part I & II (El Padrino parte 1 y 2) y Apocalypse Now. Los ochenta fueron años de introspección para Coppola, de revisitar historias más «pequeñas» pero donde trata temas que considera muy personales y presentes en su filmografía como el paso del tiempo, las relaciones familiares y la lírica de lo marginal. También le sirve para bajar humildemente de su pedestal y arriesgarse a hacer otro cine, como hará «oficial» veinte años después con una serie de películas fuera del sistema hollywoodiense.

La primera vez que supe de esta película fue por mi hermana. A mediados de los ochenta, el reparto de esa película era carne de revistas para quinceañeras como Super Pop y tanto ella como otra amiga suya no paraban de hablar de Rob Low y Matt Dillon. No fue hasta que, años más tarde, pude ver una sesión en la tele donde realmente me sentí identificado con esa panda de greasers. Con la mirada de Ponyboy y la valentía de Johnny al salvar a aquellos niños del incendio. Con el carácter de Dallas y la bondad de Darrell. Los lazos que unen la verdadera amistad. Y, sobre todo, la épica subyacente y existencialista de la fugacidad de la juventud y el paso del tiempo. Nada dorado puede permanecer, dice el poema de Robert Frost que parafrasean los protagonistas de la novela/película. Y Johnny rebelándose contra ello, en la cama del hospital y en la carta de despedida que lee Pony en su dormitorio: «He pensando en aquel poema. Significa que eres oro cuando eres niño, como la hierba. Cuando eres niño todo es nuevo, como el amanecer. Como la puesta del sol. Eso es oro. Sigue así. Es bueno ser así. Lleva a Dal a ver la puesta de sol. Seguro que no la ha visto nunca. Hay muchas cosas buenas en el mundo.»
Permanece dorado, Ponyboy.
Nature’s first green is gold,
Her hardest hue to hold.
Her early leaf’s a flower;
But only so an hour.
Then leaf subsides to leaf,
So Eden sank to grief,
So dawn goes down to day
Nothing gold can stay.
Robert Frost, Nothing gold can stay, 1923

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