Sueños y reflexiones en cinemascope

The bad and the beautiful

Cautivos del mal (Vicente Minelli, 1952)

Todo el mundo odia a Jonathan Shields (Kirk Douglas) pero reconocen que, sin su ayuda, jamás habrían podido llegar a lo más alto en Hollywood. La meca del cine. La jungla repleta de bestias despiadadas como Shields, capaces de conseguir lo imposible pero a la vez alejar de su vida el amor, la empatía y el compromiso para poder ganarse un puesto entre los más grandes de la industria del séptimo arte.

Jonathan Shields: ¿Y a qué cosa crees que le tiene más miedo la gente?
Fred Amiel: A la oscuridad.
Jonathan Shields: Claro. ¿Y porqué? Porque la oscuridad tiene vida propia. En la oscuridad todo cobra vida.

Aquellos a los que en su día ayudó (y traicionó), el director (Barry Sullivan), la actriz (Lana Turner) y un guionista (Dick Powell), desearían que estuviera muerto pero quieren saber qué les pide después de muchos años sin noticias de él. La doble cara de este juego de necesidades y ayudas. ¿Es Jonathan Shields un amigo al que habría que ayudar o es un mal bicho poderoso sin escrúpulos al que conviene poner en su sitio? No pueden evitarlo. A pesar del dolor que les causó, le necesitan.

El mal irradia esa fuerza de gravedad en la que, por más que quieran escapar de él, acaban cayendo en sus garras. El mismo Shields se ve incapaz de desenvolverse en el mundo «real», lejos de los platós y las cámaras, porque carece de los mismos rasgos de sus compañeros que les hacen tan vulnerables, tan humanos. Demasiado humanos, que diría Nietzsche, y despiertan del sueño de Hollywood a base de traiciones y engaños. «No quiero conseguir laureles. Quiero producir películas que acaben con un beso y den mucho dinero».

Cautivos de nuestros deseos, sueños y vidas imaginadas. El oro del éxito puede quemar o ser, simplemente, espuma dorada del mar. Una supernova de champán, como la canción de Oasis. Jonathan ayuda a Georgia, abandonada a la autodestrucción, para salvarse a sí mismo. Pero él no tiene quién le quiera salvar.


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