Casablanca (Michael Curtiz, 1942)
Siempre nos quedará el Rick’s. ¿Es Casablanca la película perfecta de los años dorados del cine norteamericano? Sus personajes son seres complejos que luchan por sobrevivir en un mundo que se desmorona pero, ¿qué les separa realmente? Los intereses. El cínico Richard Blaine, Rick, es un sentimental aunque quiera proteger su corazón con esa apariencia de tipo duro que no se casa con nada ni nadie. «Diplomacia», dice el capitán Louis Renault, mi personaje favorito. Los ojos de Peter Lorre en el escurridizo Ugarte buscan en Rick un aliado con un par de salvoconductos manchados de sangre. La relación entre Ilsa y el valiente héroe de la Resistencia Victor Laszlo está llena de compromiso pero sin pasión. Y qué es la pasión sino un lastre que nos atrapa en imposibles, como aquel París en el recuerdo, como esa estación y una carta de despedida desintegrándose bajo la lluvia. París unió a Rick y a Ilda, enamorándose a las puertas del infierno, y ese tren que les iba a llevar al paraíso les separó hasta Casablanca. «De todos los tugurios del mundo, tenía que entrar en el mío».

Casablanca es el purgatorio donde sale cada día el ansiado avión que llevará a cientos de almas que huyen del horror de la Segunda Guerra Mundial hasta Lisboa y, de ahí, a la libertad. Mientras, todos esperan en la ciudad hasta que llegue su momento. El Café de Rick es el negocio más exitoso de Casablanca porque en en ese microuniverso de almas desesperadas todo puede suceder. Una prueba de dignidad y esperanza. Los aliados han ganado la guerra (o al menos una batalla importante) cuando todos cantan al unísono la Marsellesa ante la tropa del mayor Strasser, aunque hay derrotas que son todavía dolorosas. «Sam, te dije que no la volvieras a tocar más», dice Rick a antes de encontrarse de nuevo con Ilsa. As Time Goes By. Ese recuerdo no está permitido en Casablanca. El dolor de un amor perdido se queda en la línea del frente, no en la retaguardia del éxito.

Nadie pensó que esta película fuera a pasar a la eternidad, trascendiendo el mero producto cinematográfico. Ni sus estrellas Ingrid Bergman y Humphrey Bogart, ni sus tres guionistas principales ni el director Michael Curtiz confiaron en ella durante el rodaje, una caótica pelea continua entre reparto, director, productores y guionistas. Era como si hubiera estado predestinada a no nacer y, pese a ello, luchó contra su propio destino porque sabía que le pertenecía la gloria. Casablanca me recuerda a una cinta de VHS con una pegatina y el título de la película escrito a mano por mi madre en ella. A través de sus ojos pude descubrir una película completa, que combina con maestría el suspense y el melodrama, y que más de ochenta años después sigue fascinando a todas las generaciones.

